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¿Por qué estamos gordos? Parte 1. : Evolución de nuestros hábitos en los últimos años y calidad de vida.

Que en los últimos 60 años la esperanza de vida haya aumentado tanto, nos sigue maravillando… Sin embargo, que nuestra calidad de vida esté disminuyendo a la vez, a pasos agigantados, parece no importar a nadie. A lo largo de esta serie de artículos veremos cómo la evolución de nuestros hábitos está afectando nuestra salud.

Y resulta paradójico que hoy, con todos los avances y el alcance a todo lo que podamos imaginar, no le demos importancia a nuestra alimentación, a nuestra salud. Solo nos preocupamos de hacernos tal o aquella prueba, cuanto más rara, mejor. Pero no nos importa un bledo lo que nos llevamos a la boca. Estamos demasiado ocupados para ello.

Confiamos ciegamente en la industria, en lo que nos ponen por delante. Si lo venden así, habrá pasado cientos de controles y está amparado por múltiples organismos para que sea inocuo [1].

Y ya está. Me lo creo a rajatabla y me eximo de toda responsabilidad como consumidor. Y luego no entiendo por qué me pongo enfermo, o exijo mejores prestaciones sociales o un mejor alcance de mis coberturas sanitarias…

Aunque esto es quizá un poco extremo, lo que está claro es que como consumidores responsables, aún nos queda muchísimo que mejorar.

Hace 50 años en eso nos ganaban por goleada. Incluso cuando no había mucho que llevarse a la boca, la gente era más escéptica. Quizá porque realmente se pasaba hambre se establecían prioridades: había que evitar el médico, había que criar a los niños (y hacerlo de la mejor manera posible) y se entendía que lo que comíamos era fundamental.

Debido a la escasez, podían estar surgiendo productos quizá no muy recomendables con una buena intención de fondo (como el Cola-cao, que ya por estas fechas empieza a comercializarse con el eslogan “Mamá dar a vuestros hijos esto mezclado con leche, que es bueno para la salud” [2]). Pero no se perdía de vista la perspectiva, todo el mundo sabía cuáles eran los alimentos reales que había que comer. Que los hubiera o no, ya era otra historia.  Y ahí es donde en mi opinión fallamos estrepitosamente hoy en día, creyendo que otros velan por nuestra salud, por nuestra seguridad. Convenciéndonos de que lo que nos venden no solo no es malo, sino que nos hace bien. De que el sistema nos cuida y cuidará siempre, y si no, ya nos encargaremos de quejarnos cuando llegue la oportunidad… Porque lo que es yo volverme responsable por mis acciones, ¿para qué?

Lo que realmente le importa a la industria alimentaria y a todos los organismos involucrados es nuestro bolsillo.

A pesar de que somos más viejos, cada vez estamos más gordos y enfermos [3].

¿Alguna vez te has planteado analizar por qué está ocurriendo esto? ¿Por qué a pesar de que vivimos más años, estamos desarrollando problemas de salud tan graves y a tan temprana edad? ¿Por qué los casos de cáncer, enfermedad metabólica y enfermedad cardíaca están aumentando exponencialmente? ¿Hay algún vínculo entre lo que comemos, respiramos y nos ronda por la cabeza y la incidencia de enfermedad?

Pues en vez de buscar en el futuro las respuestas, en hipótesis y cosas que no sabemos, ¿por qué no echar la vista atrás y ver simplemente qué pasaba antes? Creo que es una actividad bastante educativa y razonable, para intentar ver dónde metimos la pata y desde cuándo. Y para ello no me voy a ir al Paleolítico, ni al antiguo Egipto, como está ahora tan de moda (y que me parece muy bien, ojo, creo en la alimentación evolutiva y en volver a lo que nuestra biología espera de nosotros). No, no me voy tan lejos. Creo que con 50 años atrás basta para comparar la dieta de forma simplista. Porque ha ocurrido algo muy grande en los últimos tiempos que vamos a poder ver muy bien a tan pequeña escala.

Obviamente nuestra situación ha cambiado bastante. Por suerte, ahora tenemos de todo, tenemos a nuestro alcance comida buena y comida menos buena. La mayoría vivimos en condiciones muy cómodas, tenemos abundancia de todo. Al menos nuestras necesidades básicas están más que cubiertas, ¿o no?

Sin embargo, hace 60 años la cosa no estaba tan bien. La gente apenas si tenía para comer. Subsistían a base de cereales, legumbres y patatas (los más afortunados). Los menos, sobrevivían comiendo cáscaras de naranja o patata, algarrobas y pan duro. Muchos sufrían de enfermedades por deficiencia. Eran comunes la falta de yodo, hierro y proteínas. La desnutrición estaba a la vuelta de la esquina, los niños mostraban retrasos en el crecimiento, pelagra (falta de vitamina B3) y alteraciones neurológicas, sin duda, atribuidas a la escasez de alimentos [4]. Y es algo que por suerte, hoy en día no volvemos a ver en la mayoría de nuestros círculos.

¿Qué ha pasado en los últimos 50 años entonces? ¿Donde a pesar de tener de todo a nuestro alcance, haber corregido estas deficiencias, haber mejorado el acceso a la comida, siguen apareciendo enfermedades?

Pues si somos capaces de aislar el contenido de la dieta en esos años (basándonos por supuesto en el acceso a los alimentos de personas pudientes, es obvio que el que  no tenía acceso a los alimentos no podía gozar de buena salud) y compararlo con el abanico de alimentos que tenemos ahora (repito, solo comparando cualitativamente la dieta), creo que podemos entender un poco más la situación, y ser un poco más conscientes de adónde nos está llevando la industrialización y el desarrollo en las últimas décadas. También analizaremos un poco el contexto, porque la causa no está únicamente en el contenido de la dieta, sino en cómo ha evolucionado nuestro sistema de valores, nuestras necesidades y prioridades y, sobre todo, nuestro estilo de vida.

Y en el artículo de hoy quiero hablar de eso, de cómo hemos des-evolucionando y nos estamos convirtiendo en una generación enferma, obesa y con una esperanza –y calidad- de vida menor que la de nuestros padres o abuelos [5]…

El sedentarismo y el cambio de dieta que se ha experimentado en los últimos 50 años nos está engordando y matando a fuego lento.

Está claro que a pesar de la escasez, de la pobreza y en muchos casos del racionamiento, el modelo y el prototipo de dieta ha cambiado drásticamente. Obviamente no voy a analizar casos extremos, me voy a basar en los datos que he podido recopilar de familias con nivel adquisitivo medio y otras referencias que se incluyen al final del artículo. Personas normales y corrientes que entre los años ’45-’55 vivían como podían y comían de forma parecida a la que voy a ir desgranando a continuación.

Empecemos por las recomendaciones oficiales. Que la pirámide alimentaria ha cambiado, es obvio. Y hay muchas razones para ello. Motivos económicos, por supuesto, y especialmente políticos, más que de salud pública. Cuanto antes lo asumas, mejor (¿te has preguntado quién ampara la pirámide y recomendaciones nutricionales americanas? Pues si lo dudas, no es un órgano del Ministerio de Salud Pública, ni de nutrición. No, es el Ministerio de Agricultura, como lo lees [6]).

Cuando hoy nos recomiendan que la base de nuestra alimentación sean los alimentos feculentos –incluidos procesados- (panes, pasta, galletas, cereales de desayuno…), ¿qué pasaba hace 50 años?

Bueno, pues en vez de decirnos que comiéramos pasta, panes, galletas y harinas (como sugieren ahora, para mantener unos niveles energéticos adecuados a lo largo del día, cuando paradójicamente somos la generación más sedentaria de la historia, resulta cuanto menos curioso… pero no me voy a desviar, que el artículo de hoy no era atacar las recomendaciones nutricionales actuales) en todas y cada una de las 5-6 comidas recomendadas, simplemente se decía que comiéramos lo que pudiéramos, o mejor dicho, lo que hubiera. Y no, no se recomendaban 5-6 comidas diarias, simplemente se comía cuando entraba hambre… Porque las hormonas que regulan las señales de hambre-saciedad funcionaban perfectamente. Nadie dudaba si tenía hambre o antojo, o aburrimiento, o sed. No había interferencias para alterar el funcionamiento de esas hormonas [7]. Y por supuesto, derivado de lo anterior, no se miraba el reloj para ver cuándo tomar las galletas con Cola-cao… No, se hacían 3 comidas al día (si había), y sobraba. Rara vez se comía algún snack entre horas. Quizá porque no había, o quizá porque no hacía ni falta, porque la comida real tiene una característica súper importante y es que: SACIA

Otra premisa fundamental era la estacionalidad. Sobre todo porque no existían los avances de los que disfrutamos hoy en día: arcones congeladores, frigoríficos de dos puertas o los maravillosos aditivos que rebosan en la mayoría de alimentos actuales y que hacen que puedan vivir en tu despensa sin inmutarse durante meses. Antes, para conservar los alimentos se disponía de una fresquera, que básicamente es un agujero en la pared donde se metían los alimentos y se conservaban fresquitos.

Si ibas al mercado, comprabas lo que había en el momento (y la gente sabía que las naranjas se comían en invierno y las fresas en primavera. A nadie se le ocurría hacer un picadillo de tomate en diciembre, porque no habían tomates en esa época), y lo que había se comía inmediatamente, no se guardaba en la despensa por meses (incluso años. ¡No te rías! Haz la prueba, ve corriendo a tu despensa y echa un ojo. ¿Qué? ¿Sorprendido/a? ¿Cuántos productos has encontrado que llevan ahí más de seis meses?).

Eso es comida de verdad, comida fresca, aquella recién recolectada, que comes de inmediato disfrutando de todo su valor nutricional y sus propiedades organolépticas (el olor, color o sabor de un tomate rajado en pleno julio, por ejemplo…).

Y bueno, aquí obviamente afectaba el lugar en el que habitabas. Si vivías en el sur, pues comerías más pescado, marisco y verduras de la zona que en el norte, donde las carnes y lácteos serían predominantes. Es decir, tu ambiente y a lo que tus genes están acostumbrados, también pesa [8].

Hoy pretendemos comer de todo, en cualquier sitio y en cualquier momento del año. Y eso no es natural. Y lo que no es natural no es bueno para nosotros. Punto.

Da igual cómo nos lo vendan, cómo nos justifiquemos. Lo que la mayoría de la gente come hoy en día no es comida, son pseudoalimentos procesados para tener una vida útil mucho mayor o crearnos una necesidad. Te voy a poner algunos ejemplos, para que podamos entenderlo mejor. Muchos de los alimentos que llegan de otros países para que los podamos consumir en nuestras casas cuando nos apetezcan son alimentos que no conservan su valor nutricional completo (por no hablar del coste ecológico para el planeta, pero eso es otra historia): se cogen verdes para que vayan madurando por el camino, por tanto, esos arándanos que vienen de Argentina, los espárragos de Perú que maduran en cámaras o los kiwis de Nueva Zelanda, no pueden mantener el mismo valor nutritivo que si se consumieran en su punto óptimo de maduración y en su sitio de origen.

Y no, no sirve de mucho que se les añada nutrición química: aunque se enriquezcan con vitaminas y minerales sintéticos tu cuerpo no los aprovecha igual (no dejes que te engañen).

Otro ejemplo muy sencillo y claro (por favor, léase con sarcasmo): la invención de la margarina. La mantequilla dura poco en la nevera y es complicada de extender en climas fríos. ¿Cómo piensa la industria? Muy fácil. Utilicemos un aceite barato (girasol por ejemplo), modifiquémoslo para crear una textura sólida y cremosa (la tan famosa hidrogenación o hidrogenación parcial, que además aporta la ventaja de alargar la vida útil de la grasa), añadamos algunas vitaminas y minerales para al menos poder justificar algo y, voilà! Ya tenemos en el mercado la perfecta sustitución para la mantequilla, un producto mucho más caro y saludable (con todos sus nutrientes de fábrica, no necesita añadidos) [9, 10]. Solo falta un último detalle, ¿cómo convencer a la gente para que deje de comer mantequilla y se pase a esta nueva maravilla? Pues sencillo, digamos que las grasas saturadas son malas, muy malas. Que crean montones de enfermedades, o las potencian. Y que los aceites vegetales y grasas vegetales son la solución. Esto acompañado de un precio bajo (el producto origen y final no son caros), grandes cantidades de sal para hacerlo apetecible y adictivo y una campaña publicitaria importante y así se perpetúa un mito. Que puede extrapolarse a panes, productos de bollería, cereales, derivados lácticos y cualquier otro producto procesado que se te ocurra.

De nuevo, no tienen el mismo impacto en nosotros. Aunque aporten calorías, porque las aportan (ya se encargan de incorporar espesantes, harinas, aditivos, féculas, proteínas vegetales, aceites refinados, etc.), no tienen nutrición alguna. Nos engordan, pero no nos nutren. ¿Vas viendo adónde voy, no?

…Continuará…

Espero que te esté gustando el artículo. Pronto, la segunda parte. ¡No te lo pierdas!


Referencias:

[1] Encuesta CIS, Satisfacción con el funcionamiento de los servicios públicos en general

[2] Cola cao y publicidad

[3] Will All Americans Become Overweight or Obese? Estimating the Progression and Cost of the US Obesity Epidemic

[4] “Morir de hambre”, Autarquía, escasez y enfermedad en la España del primer franquismo. Miguel Ángel del Arco

[5] Informe completo http://www.designedtomove.org, previsiones de menor esperanza de vida para generaciones futuras que la de sus padres o abuelos

[6] Food pyramid – United States Department of Agriculture

[7] Leptina, hormona del hambre – Estilo paleo

[8] Nutrigenómica, aliméntate según tus genes – Fitness revolucionario

[9] Mantequilla o margarina: el debate está en la mesa – Aitor Sánchez

[10] El debate del siglo: mantequilla vs margarina – Fitness revolucionario

sweet potato brownie

Mouthwatering amazing gluten free brownie: El brownie más saludable, pastosito y sin gluten! ¡Ya está aquí!

Madre mía, la que he liado con este brownie de batata… Y pensar que todo empezó con una batata asada que no me quise comer porque me resultó demasiado dulce… ¡Vaya experimento con éxito!
Si eres como yo y te apasiona la textura pastosita de la batata asada, no te asombrarás cuando te diga que al sacar esa batata del horno, aún caliente y humeante, en mi mente solo pude dibujar un brownie jugosito y húmedo… Así que, voilà, me puse manos a la obra y aquí podéis ver el resultado.

Fueron dos intentos: uno un poco más austero, con 0 azúcares añadidos, totalmente paleo friendly y para el que solo necesitas 6 ingredientes. Aunque he de decir que has de estar muy desenganchado/a al sabor dulce para encontrarlos apetecibles (yo lo disfruté mucho simplemente acompañándolo de un poco de yogur con fruta y canela. Pero si tienes a mano una buena mermelada casera o alguna otra opción que te apetezca, seguro que está espectacular también). Te voy a ser sincera, a mí me encantaron, pero a veces me pasa que preparo postres sin azúcar, invito a la gente y los pobres me miran con unas caras… Mezcla de asco, desilusión y pena… Por eso lo mejor es que lo pruebes y tú misma/o decidas con cuál de los dos te quedas.

Porque el otro… es un placer celestial… Mmmm… Perfecta textura, perfecto punto de dulzor añadiendo un poco de miel pura (con su trozo de panal y todo) y aún así, mucho más saludable que el brownie convencional. No puede ser más sencillo y te aseguro que no solo va a satisfacer tus antojos de chocolate, sino que también va a desplazar a tu receta tradicional, al aportar muchos más nutrientes e ingredientes nutritivos y de calidad.

Aquí te dejo una tabla comparativa, para que acabes de convencerte y ¡te pongas ahora mismito manos a la obra!

  Brownie convencional Brownie de batata
Kcal por porción (consideraré 150g) Con nueces = 650 kcal Austero = 179 kcal
Sin nueces = 687 kcal V. 2.0 = 245 kcal
G de azúcar Con nueces = 51 g Austero = 4,9 g
Sin nueces = 58 g V. 2.0 = 10,6 g
G de fibra Con nueces = 5,6 g Austero = 5,5 g
Sin nueces = 4,5 g V. 2.0 = 4,4 g
G de proteínas Con nueces = 9,6 g Austero = 7,4 g
Sin nueces = 8,5 g V. 2.0 = 7,4 g
Vitamina A Con nueces = 132,6 IU Austero = 14.205,6 IU
Sin nueces = 127,9 IU V. 2.0 = 15.865,9 IU
Vitamina B2 Con nueces = 0,3 mg Austero = 0,3 mg
Sin nueces = 0,3 mg V. 2.0 = 0,2 mg
Calcio Con nueces = 78,1 mg Austero = 90 mg
Sin nueces = 39,6 mg V. 2.0 = 77,9 mg
Magnesio Con nueces = 84 mg Austero = 46,2 mg
Sin nueces = 83,1 mg V. 2.0 = 87,5 mg

Así que vamos al lío, ¡cuéntame finalmente por cuál te decantas y qué te parece el resultado!

 

Sweet potato brownie (el original y austero)
Tiempo de preparación /Prep time
5 min
Tiempo de cocción /Cook time
20 min
Tiempo total /Total time
25 min
 

Aquí lo tenéis, tal y como salió del horno. Solo necesitas 6 ingredientes para prepararlo, totalmente libre de gluten y sin azúcares añadidos. 

Plato /Course tags: Breakfast, Desayuno, Postre, Snack
Cocina /Cuisine tags: Alternativa, Casera, Fitness, Paleo, Sin azúcar añadido, Sin gluten
Raciones /Servings: 9 trozos
Calorías /Calories: 70.5 kcal
Ingredientes /Ingredients
  • 1/2 Batata asada Bien hermosa, la mía pesaba casi 1 kg
  • 3 huevos orgánicos o free range
  • 1 cda harina de coco
  • 3 cdas cacao puro en polvo sin azúcar añadido
  • 1/2 cdita levadura en polvo opcional
  • 1 cda aceite de coco virgen extra
Elaboración paso a paso /Instructions
  1. Aquí viene la magia, y es que no conozco receta más fácil. Simplemente, pelas la batata y preparas todos los ingredientes.

    Precalienta el horno a 180º mientras tanto.

  2. En el vaso de la batidora o procesador de alimentos, coloca todos los ingredientes. También lo puedes hacer a mano, machacando bien la batata hasta que quede un puré y añadiendo todos los ingredientes, integrando bien, a continuación.

  3. Bate bien hasta que esté todo perfectamente integrado.

  4. Engrasa un molde de horno (puedes poner un poco de papel hornear) y vierte en él la mezcla.

    Baja la temperatura del horno, a unos 160º C y hornea el brownie durante unos 20-25 minutos, o hasta que esté listo (pincha con un palito para comprobar la textura). A mi me gusta un poco blandito y pastoso por dentro, así que lo suelo dejar un poco menos (estuvo unos 20 minutos en el horno).

  5. Saca del horno, deja enfriar y... ¡DISFRUTA!

    sweet potato brownie
Notas de la Receta /Notes

Como ves, no hay nada más fácil que este brownie. El resultado es bastante interesante, a pesar de no llevar ABSOLUTAMENTE nada de azúcar ni edulcorantes añadidos.

Si eres como yo y te gusta disfrutar del sabor real de los alimentos, te va a encantar. Si le añades unos blueberries por ejemplo, ¡está buenísimo! Y además, el cacao está bastante presente, así que saciarás tu antojo y tus ansias de chocolate con esa textura húmeda y pastosa que le deja la batata y que, en mi opinión, es lo mejor de la receta.

Sin embargo, hay puntos que mejorar y que en la versión 2 ya quedan perfectos:

  • Para adaptarlo a todos los paladares le falta un poco de dulzor. Si prefieres seguir esta receta, añade algo de miel o estevia y tendrás un dulce bastante más aclamado.
  • Para gente muy adicta al chocolate, necesita un poco más. A mi me gusta que el brownie sepa (mucho) a cacao y que además, tenga un color oscuro (de browie, vamos). A este le falta un poquito más de cacao. Si eres como yo, no escatimes y añade otra cucharada. No te arrepentirás.

Te dejo también el valor nutricional de cada porción y los nutrientes que incluye en mayor cantidad (adivinas cuáles?):

Por cada cuadrado (unos 60g aprox):

70,5 kcal

9,7 g de HC (de los cuales, 1,9 g son azúcares)

2,2 g de fibra

2,5 g de grasa

2,9 g de proteínas

En cuanto a vitaminas y minerales, aporta fundamentalmente vit A, vit B2, B6, colina, manganeso, cobre, selenio y fósforo.

¡Postre saludable, súper nutritivo y muy ligero!

Sweet potato brownie v. 2.0, el definitivo
Tiempo de preparación /Prep time
10 min
Tiempo de cocción /Cook time
25 min
Tiempo total /Total time
35 min
 

Ahora sí que sí. El brownie definitivo, corregida la receta para obtener la perfecta textura (pastosa, húmeda...), perfecto punto de dulzor y perfecto toque de chocolate... ¡Deja de sentirte culpable porque aún así, sigue siendo un postre mucho más saludable y nutritivo que la versión convencional!

Plato /Course tags: Breakfast, Desayuno, merienda, Postre, Snack
Cocina /Cuisine tags: Alternativa, Dairy free, Gluten free, Sin gluten
Raciones /Servings: 9 porciones
Calorías /Calories: 245 kcal
Ingredientes /Ingredients
  • 1 kg batata asada
  • 4 huevos de gallinas camperas o ecológicos, grandes
  • 3 cdas aceite de coco virgen extra
  • 2 cdas harina de coco
  • 1 cdita levadura en polvo opcional
  • 75 g cacao puro sin azúcar
  • 60 g miel pura, la mía tiene hasta trozos de panal!
  • 40 g nueces desmenuzadas unas 8 mitades
Elaboración paso a paso /Instructions
  1. Precalentamos el horno a 180ºC y pelamos las batatas (previamente asadas).

  2. Igual que en la versión anterior, o bien lo mezclas todo con la ayudad de la batidora, o bien lo vas mezclando todo a mano. Yo esta vez lo hice a mano. Primero machacas bien la batata, hasta obtener una textura de puré. A continuación, vas añadiendo los ingredientes (excepto las nueces), mezclando bien cada vez. 

  3. Una vez tengas la masa lista, incorpora las nueces, integrándolas bien en la masa con ayuda de una cuchara.

  4. Engrasa el molde y vierte la masa en él.

  5. Baja la temperatura del horno (unos 160ºC) y hornea el brownie al menos durante 25 minutos, o hasta que esté listo (pincha con un palito, si sale seco o casi seco -a mi me gusta más bien pastosito, siempre lo saco un poco antes- ya está listo).

  6. Saca del horno, deja enfriar y... ¡DISFRUTA!

    sweet potato brownie
Notas de la Receta /Notes

Mmmm... espero que hagas este brownie y que me digas qué te parece. 

Creo que la sustitución harina --> batata es sublime. No solo añadimos nutrición, fibra y sabor a la receta, sino que también mejoramos el perfil calórico del pastel y, lo que para mí es bien importante, lo hacemos apto para personas que puedan tomar harinas o incluir cereales en su dieta.

Y todo esto sin renunciar a la típica textura pastosa y húmeda del brownie, ¡que es lo que le da gracia! Porque seguro que a ti te ha pasado y te ha roto el corazón alguna vez: escoger una versión de brownie "saludable" (ya sea con menos azúcar, sin gluten, etc.) que, la verdad, tiene una pinta estupenda, y quedarte más cortada que qué, porque eso sabe a cartón, está seco y áspero o simplemente no sabe a nada... Tu decepción no tiene nombre... Y lo peor, ver cómo tus acompañantes disfrutan de lo lindo de un brownie de verdad, con sabor a brownie, y no a cartón seco... ¿Te suena, verdad?

Bueno, pues ya esto no te va a pasar más. Hazlo, pruébalo y me cuentas. 

En esta versión ya he corregido cantidades y, aunque sigue incorporando poquísima azúcar (miel en mi caso, pero puedes utilizar estevia, xylitol o cualquier otro endulzante que te guste. Ya sabes que mis preferidos son la estevia, la miel o NADA), el sabor es increíble. No esperes algo súper asquerosamente dulce, porque no es mi estilo. Eso sí, vas a flipar con el sabor a chocolate y esa textura... mmmm.... 

Por supuesto, puedes crear tus propias variaciones, sobre todo si aún estás muy enganchada/o al azúcar (una receta de brownie tradicional lleva alrededor de 250-300 g de azúcar para más o menos la misma proporción de masa! Como ves, ¡la reducción es drástica! Y te aseguro que el resultado de este brownie es increíble! Realmente no necesitamos tantísima azúcar en nuestros dulces, no apreciamos realmente el sabor del resto de ingredientes). También si no te gusta el coco. Yo utilizo harina de coco porque me sienta muy bien y porque necesitas muy poca cantidad para conseguir una textura rica y sabrosa, pero si no te gusta y prefieres añadir alguna otra harina, adelante. En ese caso, necesitarás añadir más cantidad.

Como verás también, ha aumentado la cantidad del producto final. Utilicé más de todo, por eso también la porción ha salido más grande y densa (unos 150 g por cuadradito frente a los 60 g por porción del brownie "austero", medidos en el mismo molde) y aporta más calorías. En mi caso yo no tenía más moldes, pero si tú tienes un molde más pequeñito o prefieres hacer porciones más pequeñas, adelante.

Al añadir otros ingredientes, aumenta el valor nutritivo del pastel. En mi caso, todos los ingredientes son orgánicos (y los huevos free range). Emplea la máxima calidad que puedas permitirte en los ingredientes, el resultado lo valdrá.

En resumen, cada porción (156 g) aporta lo siguiente:

244,9 kcal, 32,3 g de HC (de los cuales, 10,6 g son azúcares), 4,4 g de fibra, 9,5 g de grasas y 7,4 g de proteína.

En cuanto a las vitaminas y minerales, destacan de nuevo la vitamina A, B2, B5, B6, colina, magnesio, manganeso, cobre, fósforo, potasio, selenio y calcio.

¡Espero que te guste!

And for my English friends, I will upload the English version soon! 🙂 Thanks for your patience!